viernes, 21 de noviembre de 2025

Necrophagus (1971): el monstruo olvidado del terror patrio”

Muy buenas a todos, bienvenidos a una nueva reseña de cine clásico de terror. Hoy os voy a hablar de un título casi desconocido de los inicios del fantaterror español. Título que curiosamente coincidiría con el estreno nacional de la mítica Noche de Walpurgis. Os estoy hablando de la película Necrophagus..

Cuando Necrophagus llegó a los cines españoles en 1971, el terror europeo vivía una etapa de transición entre el viejo gótico heredero de la Hammer, y el terror mas contemporáneo y visceral que empezaba a popularizarse a finales de los 60. Quizás el máximo exponente de ese cambio sea la película de la noche de los muertos vivientes de Romero, rodada en el año de 1968, o la clásica película de 2000 maniacos, del año 1964. Un cine llegado de América, que no profundizaba tanto en las admosferas góticas de castillos abandonados, como si en la visceralidad y crudeza de las muertes. 

En ese paisaje intermedio apareció la película de Miguel Madrid, un director tan escurridizo como intrigante, que firmó a veces como “Michael Skaife”, con la intención de seducir al mercado internacional. La suya no era una superproducción, pero sí una obra con un aliento extraño, casi malsano, que a día de hoy la convierte en un pequeño objeto de culto.

El rodaje tuvo lugar en localizaciones rurales españolas, entre las cuales se encontraban algunas del pueblo Segoviano de El Espinar. Concretamente las escenas del cementerio, y algunos exteriores nevados. Otras fueron casas señoriales semiderruidas y campos deshabitados de la zona central de Castilla. Escenarios que parecían restos de una civilización agonizante y anclada en el tiempo. Madrid aprovechó esa decadencia real para construir un ambiente de podredumbre física y moral: pasillos húmedos, habitaciones a media luz, susurros que parecen salir de las paredes. 


La historia, narrada en Necrofagus, se centraba en un escritor llamado Michael Sherrington —interpretado por Bill Curran—, el film comienza con su regreso a la finca familiar de su difunta esposa. Nada más llegar, el aire se enrarece: la familia política evita mirarle a los ojos, los criados callan demasiado, y la sombra de su esposa parece seguir viva en cada rincón. Michael, movido por una mezcla de obsesión y duelo, empieza a sospechar que la muerte no fue tan natural como le hicieron creer.

A medida que avanza la trama, la película va desvelando un secreto grotesco: la existencia de una criatura necrófaga que merodea por los alrededores de la mansión. Esa figura monstruosa, mezcla de experimento fallido y superstición rural, sirve como núcleo del horror, pero lo que realmente sostiene a Necrophagus es su atmósfera. Más que asustar de golpe, inquieta lentamente, como una infección que se extiende sin que el espectador pueda precisar cuándo comenzó. 

El reparto, formado por Karin Schubert, Frank Braña, Vic Winner y otros rostros habituales del cine de género español, da a la película un aire inconfundible de producción europea de bajo presupuesto, destacando ese encanto artesanal tan propio de la época.

En el año de su estreno, la película coincidió con obras que también anunciaban cambios en el género. Por los cines europeos pasaban títulos como The Abominable Dr. Phibes o Blood from the Mummy’s Tomb, mientras en España empezaban a gestarse proyectos como La noche del terror ciego, que marcarían un nuevo rumbo estético. En medio de todo eso, Necrophagus quedó como una rareza: demasiado gótica para ser moderna y demasiado grotesca para ser clásica.


Su recepción en España fue tibia. La crítica de entonces, poco dada a valorar el cine fantástico, la consideró torpe en sus efectos y desigual en su narrativa. El público la vio con cierta curiosidad, aunque sin grandes pasiones. Sin embargo, el paso del tiempo ha jugado a su favor. Entre aficionados al cine de terror europeo de los setenta, Necrophagus ha ido ganando un lugar discreto pero firme. 

Hoy, revisitar Necrophagus es viajar a un espacio de transición: una España que aún no podía enseñar la sangre como quería, pero que ya dejaba entrever que la podredumbre —real o simbólica— estaba ahí, esperando su turno. La película respira esa mezcla de limitación y audacia, de ingenuidad y perversidad, que convierte a ciertas obras menores en piezas inolvidables. Puede que no sea una joya del terror, pero sí un testimonio fascinante de un cine que se hacía a contracorriente, con más ingenio que medios, y con la determinación silenciosa de sembrar inquietud allí donde la censura solo veía sombras.

No obstante, y entrando ya en lo que es mi opinión personal, simplemente recomendaría la película a los aficionados mas cafeteros al cine underground y de serie B. A todos aquellos que disfrutéis con el cine cutre y surrealista de Jesús Franco. 

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