En 1976, cuando el terror británico ya había dejado atrás su época dorada, Hammer Film Productions decidió apostar por un último ritual cinematográfico. La productora, que en los años 50 y 60 había reinado con sus vampiros góticos y castillos envueltos en niebla, se enfrentaba a un nuevo tipo de horror: el del satanismo moderno, alimentado por el éxito mundial de La semilla del diablo (1968) y El exorcista (1973). En medio de aquel clima conocido como el satanic panic, donde lo oculto y lo religioso se mezclaban con el miedo mediático, nació La monja poseída (To the Devil a Daughter).
Dirigida por Peter Sykes, la cinta reunió a tres nombres muy distintos pero igualmente magnéticos: Richard Widmark, Christopher Lee y una joven Nastassja Kinski, apenas una adolescente cuando interpretó a Catherine, la inocente monja elegida para servir como recipiente del demonio Astaroth. Widmark, veterano de Hollywood y eterno rostro del cine negro, asumía el papel de un escritor especializado en ocultismo; Lee, ícono absoluto de la Hammer, se transformaba en un sacerdote excomulgado que lidera una secta disfrazada de orden religiosa; y Kinski aportaba una mezcla inquietante de pureza y peligro, una presencia etérea que definió la atmósfera de la película.
Así, La monja poseída comparte con La semilla del diablo ciertos temas: una mujer utilizada como instrumento del mal, una secta que opera bajo una fachada respetable, y la idea de que el mal puede habitar entre nosotros disfrazado de fe. Pero mientras la obra de Polanski era sutil y psicológica, La monja poseída apostaba por el exceso visual, el erotismo y el escándalo. La Hammer, consciente de que su público demandaba más audacia, cruzó líneas que incluso dentro del estudio resultaron incómodas para la época
El propio Dennis Wheatley repudió el resultado final y prohibió futuras adaptaciones de sus obras por parte de la compañía. Y Christopher Lee, años después, expresó su descontento con el tono de la cinta, asegurando que “la Hammer había perdido el sentido del misterio y del pudor que hacía especial su terror”.
No obstante, no penséis mal, la película no tiene excesos de violencia, sangre, o escenas especialmente sádicas o subidas de todo. El principal problema que "ofendió" o molesto a varios de sus actores, fue en tono sacrílego de la misma, así como el uso con ciertas connotaciones sexuales de la jovencísima protagonista.
Precisamente fue ahí donde el film generó controversia, no solo por su temática blasfema, sino también por la participación de Kinski en escenas de fuerte carga sexual siendo menor de edad. Pese a contar con un elenco de primera y una producción ambiciosa, la cinta fue recibida con críticas frías: los medios británicos la calificaron de “confusa y sensacionalista”, mientras que en Estados Unidos algunos críticos apreciaron su atmósfera perturbadora, aunque lamentaron su falta de coherencia narrativa.
Con una duración de 95 minutos, La monja poseída se convirtió en una especie de réquiem cinematográfico para la Hammer. Era el final de un ciclo: la productora que había moldeado el imaginario gótico de toda una generación cerraba su historia con un filme que intentaba adaptarse a los nuevos tiempos… pero que terminó siendo un espejismo de su grandeza.
Hoy, sin embargo, la película ha adquirido un estatus de culto. Se la redescubre como un curioso puente entre dos épocas del terror: la del horror de estudio, elegante y teatral, y la del satanismo contemporáneo, visceral y provocador.
En líneas generales, La monja poseída no es una mala película. Se deja ver, aunque difícilmente pueda considerarse buena. Es una obra irregular, sí, pero también una curiosidad dentro del catálogo de la Hammer. Su guion, extremadamente predecible, no logra sorprender en ningún momento, y aun así conserva cierto encanto por su atmósfera setentera y por lo que representa dentro de la historia del estudio.
A mi juicio, por momentos se vuelve lenta y algo tediosa. Intenta mantener un aire de misterio satánico que, visto desde la perspectiva del espectador de 2025, ya no causa el mismo efecto. Tras haber disfrutado de la magistral La semilla del diablo, resulta imposible no ver La monja poseída como una versión suavizada —y algo torpe— del clásico de Polanski, reinterpretada a la manera de la Hammer.






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