En 2010, el público del Festival de Sundance fue
testigo de una joya inesperada: una comedia sangrienta que ridiculizaba los
clichés del cine de terror y los convertía en una historia de amistad,
confusión y muchas motosierras.
Su título era Tucker & Dale vs Evil
—en español, Tucker & Dale contra el mal—,
una desconocida producción canadiense que pronto se ganaría el estatus de
película de culto.
Detrás de las
cámaras estaba Eli Craig, hijo de
la legendaria actriz Sally Field.
Con apenas un puñado de cortos a sus espaldas, Craig se propuso reinventar el
género slasher con un giro humorístico:
contar la historia no desde el punto de vista de las víctimas, sino desde la de
los supuestos “asesinos del bosque”, que en realidad eran dos tipos corrientes
y bastante inocentes. Y es que ciertamente, el enfoque que se ha dado a esta película,
es terriblemente original. Si de algo puede presumir, es de ser única en su
especie a la hora de enfocar el mundo de los slahser. Os aseguro que no habéis
visto nada que se le parezca hasta la fecha.
Los protagonistas, Alan Tudyk (Firefly) y Tyler
Labine (Reaper), dieron vida a
Tucker y Dale, dos amigos rurales que solo quieren pasar unos días tranquilos
en su nueva cabaña junto al lago. Sin embargo, un grupo de universitarios los
confunde con psicópatas homicidas y, por una serie de accidentes absurdos y
sangrientos, empiezan a morir uno tras otro.
El resultado es un carrusel de humor negro, situaciones grotescas y un retrato
entrañable de dos hombres incomprendidos, que a su vez no entienden lo que está
sucediendo a su alrededor. Pues mientras los universitarios piensan que son
salvajes asesinos en serie, actuando en consecuencia frente a ellos. Tucker y
dale, piensan que los universitarios son suicidas peligrosos que quieren poder
en peligro su tranquilo fin de semana vacacional. Dándose la paradoja, y ahí la
moraleja del film, al menos a mi modo de ver. De encontrarnos frente a dos
mundos que por suposiciones ficticias basadas en irrealidades, están dispuestos
a matarse el uno al otro, no por lo que saben, sino por lo que los unos intuyen
de los otros. Desencandenando cientos de situaciones absurdas, en esta
maravillosa película de humor negro canadiense.
El rodaje se llevó
a cabo en los bosques de la Columbia
Británica (Canadá), una elección que no fue casual. La producción
buscaba ese ambiente clásico de terror en el bosque, pero querían filmar todo
en escenarios naturales, sin depender de decorados artificiales. Las montañas,
la niebla y las cabañas reales aportaron autenticidad a la atmósfera… incluso
cuando las escenas se tornaban completamente absurdas.
Una de las
anécdotas más curiosas del rodaje es que gran parte de los efectos especiales fueron prácticos, sin
recurrir apenas al CGI. Las muertes —tan exageradas como cómicas— se lograron
con muñecos, sangre falsa y mecanismos artesanales. Craig insistía en que el
humor funcionaría mejor si el público sentía que lo que ocurría en pantalla
tenía un toque real, aunque fuera grotesco.
La película se
estrenó oficialmente en Sundance 2010,
donde el público estalló en risas y aplausos. No era solo una parodia del
terror rural, sino una crítica divertida al prejuicio: cómo los universitarios
“cultos” prejuzgan a los hombres sencillos del campo por su aspecto, y cómo
esos malentendidos pueden tener consecuencias fatales (y cómicas).
A pesar de su modesto presupuesto, Tucker & Dale contra el mal se convirtió
rápidamente en un fenómeno de culto. Los fans del terror la recomiendan como
una de las comedias más ingeniosas del género, un homenaje lleno de cariño a
las películas de los 80, pero contado desde una óptica completamente nueva.
Hoy, más de una década después, sigue siendo una referencia obligada cuando se habla de terror y humor. Eli Craig nunca volvió a repetir el mismo nivel de éxito, pero dejó una marca imborrable con una historia tan sangrienta como entrañable, que nos recuerda —con cerveza en mano y motosierra al hombro— que nunca deberíamos juzgar a nadie por las apariencias, al menos sin tener pruebas fehacientes de que nuestras sospechas son ciertas.



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