Hoy os traigo una reseña de una película, que llevaba en mi cabeza bastante tiempo, pero que por distintas razones nunca había podido ver, ya que la misma no había caído en mis manos. Se llamaba "el asesino de muñecas". Un titulo muy evocador a los giallos italianos, al menos para mi, y que en parte evocaba en mi ese morbo de poder ver un giallo patrio en la década de los 70.
La cosa es que en 1975, en una España todavía marcada por los últimos años del franquismo, el director Miguel Madrid, que firmaba con el seudónimo Michael Skaife, rodó una película insólita: El asesino de muñecas. En una época en la que el terror español intentaba abrirse camino entre la censura y la necesidad de libertad, Madrid concibió un relato enfermizo y poético sobre la represión, la identidad y la locura. La cinta, de aproximadamente 98 minutos de duración, se rodó íntegramente en España, aunque su historia se sitúa en la elegante Montpellier francesa, buscando ese aire cosmopolita que tanto atraía al público europeo de la época.
La película se estrenó en cines un año más tarde, en 1976, en sesiones discretas y con poca promoción. Fue recibida con desconcierto: demasiado atrevida para las salas comerciales y demasiado extraña para el público que buscaba terror tradicional. Sin embargo, con el paso del tiempo, aquel estreno casi fantasma se convirtió en el punto de partida de su leyenda como película de culto.
La historia gira en torno a Paul, interpretado por David Rocha, un joven que regresa a la mansión familiar tras fracasar en sus estudios de medicina. Allí lo espera la vecina noble, encarnada por la incombustible Helga Liné, figura icónica del fantaterror europeo. Desde niño, Paul arrastra un trauma indeleble: tras la muerte de su hermana, su padre lo obligó a vestir y comportarse como ella. Esa confusión de identidad, unida a una obsesión casi erótica por las muñecas, desemboca en una serie de crímenes brutales en el jardín de la mansión donde trabaja.
El resultado es una película extraña, casi hipnótica, donde el terror se mezcla con el erotismo y el surrealismo psicológico. El asesino de muñecas se siente a ratos como un giallo italiano y a ratos como una pesadilla doméstica, con una estética colorista y teatral que convierte lo grotesco en algo bello. Miguel Madrid, psicólogo de formación, filmó con una mirada más analítica que sensacionalista, explorando los mecanismos de la represión y del deseo con una audacia que en 1975 aún era casi impensable.
Durante el rodaje, las tensiones con la censura fueron constantes. Algunas escenas de desnudos y violencia simbólica fueron cortadas o suavizadas para su exhibición en España, aunque circularon versiones más explícitas en el extranjero. El propio Madrid admitió años después que muchas secuencias se rodaron sin un guion cerrado, dejando que el tono enfermizo surgiera de la improvisación.
Pese a su tibio recibimiento inicial, El asesino de muñecas sobrevivió gracias al boca a boca entre los aficionados al cine fantástico. Hoy es considerada una joya marginal del terror español de los setenta, una película que retrata como pocas la transición entre la represión moral y la libertad creativa. Su mezcla de erotismo, trauma infantil y violencia simbólica la sitúa junto a títulos como La novia ensangrentada o Quién puede matar a un niño dentro del llamado fantaterror.
Vista desde la distancia, El asesino de muñecas es una obra imperfecta, incluso torpe por momentos, pero profundamente fascinante. Es la historia de un país y de una época reflejados en un espejo deformado; una fábula sobre la inocencia corrompida, el deseo reprimido y los monstruos que nacen en los rincones más oscuros del alma. Y aunque su estreno pasó casi inadvertido, su huella —como la de sus muñecas rotas— sigue mirando fijamente desde el fondo del cine de culto español.
A pesar de todo, no os voy a engañar, yo tenía muchas esperanzas en esta película, y me defraudó considerablemente. Empecé a verla con gran entusiasmo, incluso comenzó a parecerme interesante, y me picaba la curiosidad por saber cual sería el desarrollo de la historia. Pero poco a poco se me fue haciendo aburrida, lenta, y con demasiados personajes y vidas paralelas que alejan al espectador de lo que realmente interesa.. los asesinatos, los crímenes y la historia de terror.
Juraría que su director intentó imitar la película de Maniac de 1980.. algo imposible por otro lado, porque el asesino de muñecas salió 5 años antes. Pero es curioso el paralelismo de ambas cintas. Un asesino en serie perturbado, que sueña con maniquís, o muñecas de porcelana, en las que refleja sus traumas violentos de represión sexual.
En fin.. bajo mi punto de vista, el asesino de muñecas es un buen intento español de imitar los grandes giallos italianos de la época. Pero no llega a su altura, ni en admósfera, ni en intensidad.. y todo ello a pesar de que la mascara usada por el criminal, es escalofriante, y le da mucha personalidad.. pero no llega. Es de las pocas películas que pienso, se podría hacer una adaptación a día de hoy, no creo que la empeoraran.






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