La historia de esta película es curiosa (o especial), ya que es una de las muchas que vi de niño. Mis padres la alquilaron en un videoclub, como mandaba la tradición de los 80, o quizás de finales de los 70. Y, aunque no sé muy bien por qué, lo cierto es que quedó grabada en mi memoria a través de varias décadas.
En concreto, una sola imagen: la muerte final. Es más, puedo recordar incluso los comentarios de mi familia al verla, así como el contexto y el lugar en el que se desarrollaron. El gran obstáculo (o problema) era que, a pesar de recordar la impresionante, grotesca y sensacionalista muerte final, no recordaba el título del film.
Mucho tiempo después, y de pura casualidad, buscando películas italianas para ver, llegué a una que me llamó la atención por la sinopsis...Se trataba de una película de misterio y crimen en el mundo rural italiano. Tras empezar a ver las primeras imágenes, vino a mi mente el recuerdo de mi infancia: «¡Era esta! ¡Esta era la maldita película que había visto de crío!. Por fin sabía como se llamaba... Angustia de Silencio.
Lo cierto es que en 1972, cuando el giallo italiano parecía ya haber encontrado todas sus formas posibles, Lucio Fulci decidió romper su propio molde. Conocido entonces por sus comedias, westerns y thrillers más convencionales, Fulci irrumpió con una película que pocos esperaban: Non si sevizia un Paperino, conocida en el mundo hispanohablante como Angustia de silencio. Era un proyecto extraño incluso para él, una obra en la que el horror no nacía de asesinos enmascarados ni de estilizados asesinatos, sino de algo más oscuro y cotidiano: la superstición, la ignorancia y el fanatismo rural.
La historia se desarrolla en un pueblo ficticio del sur de Italia, Accendura, inspirado en localidades reales de Lucania y Puglia, donde Fulci decidió rodar gran parte del film. Los escenarios, agrestes y casi detenidos en el tiempo, se convirtieron en un personaje más: colinas desiertas, carreteras polvorientas y casas encaladas donde la modernidad apenas había arañado la superficie. El choque entre tradición y progreso es, de hecho, uno de los grandes temas de la película.
Tomás Milián, en su papel de periodista urbano que llega al pueblo para cubrir una serie de asesinatos infantiles, se convierte en el eje racional de una comunidad que parece devorarse a sí misma. A su alrededor orbitan Barbara Bouchet, en uno de los papeles más ambiguos de su carrera; Florinda Bolkan, cuya interpretación trágica marcó para siempre a los amantes del género; e incluso Irene Papas, aportando una imponente presencia dramática. Fulci reunió un reparto sorprendentemente sólido y diverso, consciente de que la película necesitaba actores capaces de sostener la tensión moral tanto como la narrativa.
Pero Angustia de silencio no fue una obra nacida sin sobresaltos. Durante el rodaje, la población local se mostró incómoda con ciertos elementos de la trama que retrataban supersticiones, prácticas esotéricas y linchamientos. Fulci aprovechó este malestar para reforzar el ambiente opresivo que buscaba; sin embargo, algunas escenas —especialmente aquellas protagonizadas por Bolkan— generaron polémica desde el primer pase. La mezcla de violencia psicológica, brutalidad social y crítica a la Iglesia católica llevó a que la película fuese censurada o exhibida con cortes en varios países.
Las críticas iniciales fueron tan polarizadas como el propio film. Para algunos, Fulci había ido demasiado lejos; para otros, había firmado una de las obras más atrevidas del cine italiano de los 70. No fue un éxito comercial inmediato, pero con el paso de los años se convirtió en un título de culto. Hoy se considera una de las películas más maduras y complejas de Fulci, incluso por encima de sus posteriores trabajos en el horror gore que lo harían mundialmente famoso.
Entre las curiosidades que suelen mencionarse, destaca que Fulci afirmó en varias entrevistas que esta era una de sus películas favoritas —y también una de las que más le desgastó moralmente—. El guion sufrió múltiples reescrituras durante el rodaje, y algunos planos icónicos, como el famoso linchamiento, fueron improvisados en parte para capturar el desconcierto auténtico de los extras locales. También circula la anécdota de que la banda sonora de Riz Ortolani, tan delicada como perturbadora, fue pensada como un contrapunto irónico a la crueldad de la historia: belleza para narrar barbarie.






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